sábado, 4 de enero de 2025

Testamento 2015 - Jaime Guevara

Testamento 2015 

(de mi pueblo contra el lince)

por Jaime Guevara

Ayayay me estoy muriendo
oigo el redoble de campanas
que anuncian que ya mañana
viene a verme el reverendo.
A lo lejos un estruendo
escucho de camaretas
y unas burlonas caretas
estallan en carcajadas.
¡ Parecieran dentelladas
los meses de mi historieta !

Recuerden que les dejé
mis promesas y enseñanzas
Se acuerdan esa bonanza
que al Mandamás heredé?
Por su pura mala fe
y su codicia de lince
aquello de ser felices
pasó a transformarse en cuento
¡Dejo aquí mi Testamento:
soy el Año Dos Mil Quince!

Comienzo primeramente
con el Tubérculo Santo
(el de oropel en su manto
y del Vaticano agente).
Hasta el propio Presidente
se cree la hostia del templo
y al tal Francisco contemplo
acolitarlo en sermón
¡Si es tan santo ese varón
predique con el ejemplo!.

El Cotopaxi prosigue
en proceso de erupción
y un “ estado de excepción”
largo rato nos persigue.
Con el mismo el Man consigue
un despliegue de milicos,
la censura de los picos
y de las redes sociales.
¡Que no aproveche los males
el Supremo de los micos!

Hacia el mes de marzo empiezan
las protestas populares
y aunque a veces acatarren
el gas, golpes y dureza
no perdemos la firmeza
ante el actual Rafachet.
Si él baila en Cabrondelet
vamos a aguarle la farra
¡Con tambores y guitarras
derrumbemos su pared!

Desde luego la respuesta
hacia nuestra rebelión
fue la brutal represión
por orden de cuatro bestias.
A pie, a caballo y funestas
mordeduras de colmillos
nos atacan esos pillos
vestidos de autoridad
¡Su tanqueta de maldad
haga correr al caudillo!

Mientras golpean al pueblo
o lo encierran en prisión
bailan cumbia y reguetón
los borregos sanducheros.
Los traen en bus campero
Desde provincias lejanas
A escucharle con desgana
a quien dice defenderles.
¡ Yo les dejo otros quehaceres
que aplaudir a sus proclamas!

Pero sin oír al pueblo
echaron a la molienda
la constitución que enmiendan
según su interés protervo.
Así nos clavan los cuervos
reelección indefinida
con bayoneta incluida
y muchos otros prodigios.
¡Yo les dejo el desprestigio
por su vidriosa perfidia!

Y sediento de recursos
el tenebroso gobierno
roba el cuarenta por ciento
que eran propios del Seguro.
Desde entonces el futuro
de los pobres jubilados
se tornó más delicado
y más frágil su vejez.
¿Hasta cuándo la doblez
de este régimen de palo?

Su Majestad el Poder
tiene gigantes tijeras
y castiga a quien no quiera
lo mismo que el trono creer.
A la hoguera manda arder
letras y caricaturas,
y vuelve más y más duras
multas y otros correazos.
¡Que rompamos ya ese lazo
con pinta de dictadura!

Este año el alto precio
del petróleo se cayó
y el Mandamás lo cargó
en profes e impuestos recios.
Como se portó tan necio
nunca cultivó ahorros:
Se quedó sin queso el zorro
y hoy estamos casi en quiebra.
¡Cuidado con la culebra
o te pique el abejorro!

Allá arriba en el sillón
tienen las manos tan limpias
que hasta han consagrado eximia
a la propia corrupción.
Hasta al propio contralor
le han amarrado las manos
y así no controla nada.
¡Que despierte de su almohada
o es cómplice del villano!

Mientras golpean al pueblo
o lo encierran en prisión
bailan cumbia y reguetón
los borregos sanducheros.
Los traen en bus campero
desde provincias lejanas
a escucharle con desgana
a quien dice defenderles
¡Yo les dejo otros quehaceres
que aplaudir a sus proclamas!

El personaje del año
resultó el pueblo rebelde
que a pesar de todo vuelve
a rechazar los engaños.
Por eso le son extraños
los politiqueros chuecos
y violentistas insectos
e infiltrados policías.
¡Ya terminó la apatía
y la calle es lo correcto!

Del mapa internacionalista
fue muy triste el atentado
con que fueron ultimados
en Francia los periodistas.
Se acusó a los islamistas
pero acto seguido a su vez
bombardearon en francés
a sirios y aún civiles
¡Primero son los misiles
y el terrorismo después!

Y la migración a Europa
en pobres embarcaciones
no es a tomar vacaciones
ni a comprarse fina ropa.
Aparecen en la costa
náufragos de la miseria
de lejanas periferias
con toda necesidad.
¡Les dejo como heredad
la esperanza de la Tierra!

Por el feo desprestigio
y las grandes corruptelas
Argentina, Venezuela
y Brasil pierden litigios.
Pierden en el acertijo
de electoral simulacro
y les patea en el sacro
el conseguir cuatro votos.
¿Dónde fueron sus devotos?
¿Qué pasó con su milagro?

Las brujas ya están pintadas
pero su interior no es verde
si están de amarillo pierden
y es de rojo su asonada.
Ya se anuncia la alborada,
y los vientos esta vez
serán como buscapiés
y no sufrirán esguince.
¡Muere el Año Dos Mil Quince!
¡Viva el Dos Mil Dieciséis!

Testamento 2024 - Jaime Guevara

TESTAMENTO 2024

(Tan oscuro como un anfiteatro)

Por Jaime Guevara

Se me terminan los días
se terminan mis semanas
las piernas se me empantanan 
y el sol de vuelve agua fría.
En un simple Ave María
se terminan ya mis horas 
dejo viuda a mi señora 
voy mis versos a acabar 
se me hace que voy a palmar 
se vuelve noche mi aurora.
 
Ya no caben en mi cuarto
mis herederos son muchos 
ya no veo ya no escucho 
comenzaré mi reparto.
Nadie se me haga el lagarto 
pero tampoco muy lento
a cada quien su por ciento
le daré, aunque me hagan teatro: 
soy el veinteveinticuatro
vengo a echar mi testamento.

En enero escapa el Fito
de una cárcel “muy segura”
y se desata una dura 
ola de horror entre gritos.
Se desatan los delitos
y el muñeco acartonado 
guerra Interior ha lanzado
pero no contra los choros.
Le dejo en el inodoro 
con sus demás licenciados.

Así mismo fue en enero 
que en TC televisión 
un cierto grupo matón
irrumpió muy pendenciero. 
Se uso de traicionero  
para leyes represivas 
y el 15% de IVA 
se proclamó mano dura 
y convirtió en dictadura 
con sus leyes vomitivas.

Permitió que los milicos
salgan hacer de las suyas 
pero el remedio resulta
peor que los levantiscos.
Y nos caen a mordiscos 
los gorilas y los chapas
que con toletes y balas
comenten nuevo delito 
a la orden de un guambrito
que las leyes agazapan.

En el mes de abril pasado 
el Muñeco de Cartón 
a consulta nos llevo
él nos dijo “yo he triunfado”.
En todo nos ha fallado, 
por ejemplo, en minería 
el pueblo con gallardía 
dijo aquello yo no apruebo 
al cartón le vale un huevo 
y llamo a la empresauría.

Un cierto sábado en junio 
Aidita subteniente 
murió en las manos dementes
en un incidente infortunio. 
Lejos de su terruño
los milicos la violaron 
y después asesinaron 
a su propia compañera 
en una noche de juerga 
y en la impunidad quedaron.

Desde enero veinticuatro
con la ley no apagones
el gobierno de bribones 
engaño a sus partidarios.
Al estilo teleteatro
acuso a cualquier cojudo
velas y generadores 
a la orden de la noche
y del empresarial derroche
despidiendo a quien se pudo.

Mientras tanto el genocidio 
en Medio Oriente prosigue
Palestina sufre y sigue
pierde niños y mujeres.
Mientras tanto que en idilio
Satanyahu y Biden viven
les dejamos una paila
para que juntitos ardan 
y a mi pueblo Palestino 
dejo libre de asesinos.

Pedro Restrepo se fue
dejando un legado de lucha
desde el cielo nos escucha 
en el grito que con fé
siempre yo reclamaré.
Renovamos y seguimos
por aquellos cuatro niños
víctimas de ese poder 
que nos debe devolver
y cumplir lo que exigimos.

Ya me voy señores míos 
pues siento muchos achaques 
que mis viudas un marichi
bailen en torno mío.
Empezó lloviendo a ríos
el día de mi muerte
les deseo mucha suerte 
toda la vida es un teatro
¡MUERA EL DOSMIL VEINTICUATRO
VIVA EL DOSMIL VEINTICINCO!

lunes, 2 de diciembre de 2024

La Medalla - Alfonso Cuesta y Cuesta

La Medalla


OCTUBRE. Las aceras vecinas al caserón de la Escuela de los Hermanos Cristianos, se desbordan de niños sonrosados. Tres meses de vivir a todo sol, remendando el cielo con cometas, los han cambiado: vuelven morenos, vivos, con tres dedos más de cuerpo y cosa rara…con avidez de letras. Sin embargo, cuando al llegar a la esquina de la Escuela, oyen un sonido muy conocido para ellos, se demudan, tiemblan ligeramente… No es para menos: ¡Convertirse las tórtolas en chascas!

Y acortan el paso, indecisos.

A la puerta del Instituto, grupos de padres de familia esperan el turno para presentar a sus hijos al Hermano Director. Uno de ellos ya no puede con su niño primerizo, como de siete años, que patalea y chilla, debatiéndose entre sus brazos. Cada hermano que pasa le asusta como un oso… y grita más. A su lado, otro niño siente los mismos miedos, pero no puede demostrarlos escandalosamente; para él no habría consuelos sino golpes: es el sirviente, indiecito arrancado de su choza en vacaciones. No grita, más un hilo de lágrimas resbala en sus mejillas, y cuando ve un Hermano, involuntariamente aferra su manecita al vestido del patrón. Este ni lo mira, embravecido en consolar a su hijo:

-Los Hermanitos son más buenos que las monjas… Tendrás medallas de oro. Serás el monitor… ¡Pero calla!...Te he de hacer faltar cuando quieras… ¡Dan caramelos, estampas!...Calla, calla.
Y hacía voz de madre.

Al fin, les llegó el turno.

Un Hermano rubio salió a recibirlos: Arrastrados más que andando, entraron los dos chicos a la sala. Cuando tras ellos se cerraron las puertas, hasta el indiecito dio gritos; pero, pronto se calmaron ambos al ver que nada les sucedía, y contemplaban, asombrados, al oso convertido en un curita bueno que los acarició riendo y les dio un caramelo y una estampa.
Luego, ante una gran cubierta de libros manuscritos, el padre y el Director departieron.

-Le traigo mi primogénito-dijo el hombre-. Quizá se aplique. Es el mejor, ¡Vivísimo!. Si hace travesuras, me avisa…

-Muy bien-. Y dirigiéndose al niño, el Superior preguntó:

-¿Cómo te llamas?

-Yo… Juan –dijo el chico, haciéndose alfeñique.

-Que seas como ése-. Y quitándose el solideo, el Hermano indicó en un óleo a San Juan Bautista de la Salle, cuyo rabá semejaba el alma de los niños abrazados a su cuello.

-¿Y este otro? –continuó el Director, aludiendo al cholito.

-¡Ah! – Contestó el hombre-. Es un indio que he traído de la hacienda para que acompañe al chico. Quizá aprenda siquiera a escribir su nombre…
¡Muy brutos son! Pero… ¡dele!: la letra con sangre entra.

-No, no. Aquí todos son lo mismo: niños.
Y el maestro acarició al indio, cuya carita de gratitud sonrió reflejada en las alas del cuello del religioso.
Después, llamó a un alumno grande y lo envió con ambos niños hacia adentro.

Hora de recreo. El patio hervía, mesa de todos los juegos infantiles. Pronto acudieron chicos que en la ciudad eran vecinos del novato, y lo mezclaron en sus juegos.

El indiecito quedó solo. Aturdido en esa algarabía tan extraña a él, comenzó a buscar un sitio retirado; pero, antes de encontrarlo, cayó en manos de muchachos fisgones, que empezaron a silbarle y darle de golpes.

-¡Cocolo! ¡Cocolo! ¡Cholo cocolo!
Acurrucada, la víctima cubría con sus brazos la desnudez de calabaza de su cráneo.
De pronto, los agresores contuvieron.

-¡El Hermano!
Y trataron de huir.

La voz del vigilante los detuvo.

-¡A la pared!
Obedecieron en el acto, cabizbajos.
El Hermano abrazó al infeliz.

-No llores…Cuando te moleste, me avisas. Yo soy el Hermano Dionisio…Veme!
Y aquel viejecito, que en vez de corazón debe tener un rostro de niño que sonríe al ver otro niño, jugaba blanda y suavemente con las orejas del pequeñuelo.

-Yo soy el Hermano Dionisio, de la Octava…
Y tomando al niño por la mano, lo llevó hasta el aula, a través del patio enorme, siempre sonreído, haciendo su bordón del indiecito. A cada paso, contenía riñas y –viejo lebrel de Dios- salvaba un nuevo niño tímido.
El sol doraba la cabeza de los párvulos, y el cuello vaporoso del anciano, caído hasta un jeme sobre el pecho: lengua jadeante de su alma.

Cuando aquel día salieron los dos niños, Manuel Cuzco, el indiecito, tuvo pena. A la puerta, los esperaba el patrón. ¡Él era tan distinto!

-¡Ya ves! –dijo éste a su mimado, cuando los vio venir, extendiéndole los brazos- ¿No te dije?... ¿Y qué has hecho?.

-Nada,… repasamos las minúsculas.

-¡Muy bien! Ya vendrán esas medallas…
Y echó a andar con la mano sobre el chico, mientras decía a su sirviente:
- ¡Síguenos! Cuidado con perderse…

Habría, Manuel, querido quedarse ¿Pero cómo decirlo? Y resignado, fue tras ellos; mas, su corazón –orejita roja de pellizcos. Quedaba latiendo entre los dedos del Hermano de la octava.
Ya en la casa, le obligaron a quitarse el saco nuevo y le dieron la tarea de pelar montes, pues, en vacaciones, el patio se había soñado campo y alargaba hacia el sol manzanillas y otras plantas, en apretado ramo.
El chico aceptó el trabajo gustosísimo: Estaba en su elemento. Antes de empezarlo, fue con avidez hacia un ponchito rojo, del que le despojaron junto con sus largos cabellos de azabache, cuando vino. El poncho –choza plegable- cobijó sus hombros, cariñosamente. Después, Manuel cubrió su cabeza cruelmente afeitada, con el sombrero suyo, cucurucho de lana bruta, sin hilares, flor de rebaño, con que se abrigan los indios de la puna, y así vestido, se dio la tarea con ardor, como cuando pelaba allá, en su chacra, la hierba de los cuyes.
De repente, la voz agria de la patrona, cholejona enriquecida y cruel, hirió los tímpanos del Cuzco:

-¡Miren el longo de poncho, en plena casa decente! ¡Sáquese! ¡Ya te enseñaré a vivir entre cristianos! ¡Venga acá!.
El cholito se acercó temblando.

De uno como zarpazo, la patrona le despojó de las dos prendas agrestes.
-Ahora vas a ver lo que hago!
Y tomando poncho y sombrero por las puntas, con asco, fuese hacia el traspatio de la casa, haciendo adelantar al infeliz, a empellones.
En ese sitio, ardía una hoguera, devorando desperdicios.
Al verla, Manuel comprendió todo y se echó a llorar.
La mujer lanzó las prendas al fuego. El poncho cubrió las llamas que se salieron hambrientas, por sus flancos. Levantáronse, como para contemplar su presa. Cabrillearon un instante.
Tuvieron pena… y se apagaron.
Sobre el ponchito, casi intacto, rodaron los ojos del niño, triunfantes; mas, la cruel mujer, sacó a lucir una caja de fósforos, y se la entregó.

-¡Me mostrarás en cenizas poncho y sombreo! ¡He de ver!, el indiecito vacilaba.

-¿Entiendes? ¡Quema! – Y zarandeó al niño.
Este obedeció al fin, y pronto una gran llama, como fiera que él mismo provocara, devoró aquellos últimos recuerdos de su choza.
Lloraba el cholito cantando, mientras crecía el fuego: su taita le había comprado aquel ponchito vendiendo el borrego murungu, y quemando carbón en los cerros. Su madre había muerto cuando él vino… “¡Mama ca viviera!”…

-¡Miren al Jeremías! Ahora sí, a sacar los montes.
Y la patrona empujó al cholito, hasta el primer patio.

-Ha de quedar rapado como tu cabeza, y si no… ¡Hoy vas a conocerme!
Humildemente, el sirviente se puso al trabajo, tragándose las lágrimas, con frío y sin esperanza en el saco, porque era nuevo, y no podía usarlo sino al ir a clase.
La escuela llegó a ser para el cholito algo como un castillo encantado a donde entraba saliendo del infierno. Esperaba con ansías las horas de enseñanza y temblaba cuando a su compañero, el patroncito mimado y caprichoso, se le ocurría darse asueto, porque entonces también él faltaba, pues que sólo le enviaban para que cuide al niño.

Estudiaba con pasión. Las noches, en un rincón de la cocina, aprovechando de la bujía a cuya lumbre una sirvienta tejía toquillas, Manuel se engolfaba en un viejo silabario. En cambio, su patrón, cada día añoraba con más pena los cielos de la hacienda, reducidos, por culpa de octubre, a abecedarios… Las consecuencias no tardaron. Un día, al salir de la Escuela, hermosa medalla brillaba sobre el corazón de Cuzco, mientras, a su lado, el patroncito, muy vacío, refunfuñaba roído por la envidia.

Al llegar a casa, el indiecito no cabía en sí de gusto. Subió el primero la escalera, como nunca, a saltos…¡Quería que lo viesen, que lo admirasen!. Y oprimía la medalla contra el pecho, como con miedo de que volara. ¡Era tan bella! Dorada, prendida a un lazo azul, azul de mar.
Al verlo, la patrona no pudo ahogar una exclamación de sorpresa.
-¡Que milagro!... ¿Y el amito?
-Abajo está, amita…
La mujer, convencida de que su hijo traería mejor premio, llegóse, emocionada, a la ventana.

En el patio estaba el chico, cabizbajo.

-Sube, hijito, sube-dijo la madre, notando el pecado. -No importa…Así son estos frailes ¡Injustos, atrevidos!

Y en seguida, dirigiéndose a Manuel:

-¡Longo medalludo! ¡Ve el que saca la medalla! Quién sabe si no la has robado… ¡A barrer!

El criado obedeció.

-¡Sin leva! ¡Sin leva!- añadió, deteniéndose.

Y señalando la medalla:
-¡Deja también eso! Buena albarda te han puesto… Pero, ya voy a ver la casa sin una basurita. ¡Esto no es robar medallas!...

Todo aquel día, el galardón del niño fue objeto de sangrientas burlas. Odio irresistible brotó en el alma de aquella gente baja, al ver que un cholo subía sobre el hijo de sus entrañas.

En otra vez que lo vieron llegar condecorado, ya no sólo se burlaron de él, sino que le dieron látigo; pues el patroncito, envalentonado con los prejuicios y sinrazones de la madre, decía: Yo lo he visto. El cholo le compró la medalla a un amigo con plata de papá…
La mentira manifiesta era un pretexto para castigar al infeliz, pretextos que ocurrían a diario, como el de que era ocioso y sucio, el de que caía el niño confiado a su cuidado, en fin… Un día le quemaron los dedos: como no tenía pizarra, el cholito había pintado letras de carbón en la cocina.
Otra ocasión le rompieron la cabeza: Una mañana en que, el padre de la casa se dirigió al guardarropa, para calarse traje negro, pues iba a funerales. Al tomar el vestido, lanzó una exclamación de furia: Ni un solo botón había en todo el terno. Cogió la prenda arruinada y fue en busca de los chicos. A la puerta, tropezó con su hijo, quien, en ese preciso instante jugaba con el cuerpo del delito.

-¿Quién ha hecho esto?- preguntó, indicando las desgarraduras del chaquet. El muchacho con los botones en la mano, no tuvo qué decir, y rompió en llanto.
Ese momento, pasaba Manuel, conduciendo un enorme cubo de agua. El hombre fue hacia él, siniestro.

- ¡Otra vez harás esto!
- Pero si yo no he hecho, amito.
- ¡Indio! ¡Es que, por jugar contigo, el niñito ha arrancado los botones!
Y descargó un golpe salvaje.

Temblando el indiecito se incorporó apenas, y al ver que el patrón no continuaba, humildemente, volvió a levantar el balde enorme, y se alejó tambaleante, sin chistar, con el mudo llanto de su raza, mientras una lengua de sangre –germen de madre que todos llevamos en el corazón- lamía su cuello y sus débiles hombros temblorosos.
Poco a poco, Manuel se iba consumiendo. Sus ojillos, antes vivos –escribanos en la onda- se tornaron amarillos, y pronto, ataques espantosos lo llevaban rodando. Hasta el borde de la tumba. Y estudiaba como nunca. Todas las noches al fondo de la cocina, surgiendo de entre tiestos y basuras, aparecía en las manos del cholito un ladrillo poblado de mayúsculas hermosas. Y a pesar de esto, ya no llegaba con medalla nunca.
Los patrones, molestados por los ataques que se repetían con demasiada frecuencia, acudieron a un médico -¿No ha sufrido algún golpe fuerte en la cabeza? –preguntó el doctor al mirar en la nuca del enfermo una lacra lívida.

-¡Ah! Sí –contestóle el patrón, algo turbado-. ¡Sí…muchos!... Es demasiado inquieto… Se sube a los árboles… El otro día por alcanzar una pelota, descendió del techo… Ahí está la lacra, ¿la ve?... ¿será por eso?

-Por eso y quién sabe qué otras causas más… Tenga mucho cuidado. Si viene otro acceso no respondo.

Las recetas dejadas por el médico quedaron olvidadas, y poco después, los verdugos no pensaban en que la vida del pequeño estaba en un hilo. Seguían tan crueles como antes.

Una mañana, llegando de la Escuela, Manuel entró tranquilo en la casa: no había hecho nada que pudiera motivar un castigo; además, no le dolía la cabeza. Ni siquiera llegaba con medalla…
Y se puso al trabajo, el barrido de la casa, casi como un niño, ligeramente alegre.
Barría, cuando la horrible voz surgió muy cerca de él:
- ¡Ve el indio, si entiende! ¡Pero si es indio pues, indio! ¿No te he dicho que te has de sacar la leva en cuanto llegues? ¡Sácate!. ¿No entiendes?
El muchacho lloraba, sin obedecer. La ira encendió a aquella arpía que fue con las uñas crispadas hacia su víctima.
-¡Mitayo, algo has hecho!...¡Ya habrás roto la camisa! ¡Sácate te digo!
E iba ya arañarle, cuando el indiecito, presa de convulsiones crueles, cayó rodando entre las piedras. Era el ataque ¿Sería el último?...
Pronto acudieron todos los patrones.
El virus retorcía el cuerpecito flaco, exprimiéndole la vida. Lo sujetaron. Quedó inmóvil, los labios fijos en los patrones. Estos, ligeramente conmovidos, por ver si respiraba, desabrocharon el saco del cholito, que quedó con su pecho descubierto. La vergüenza azotó las caras de los verdugos:
Una brillante medalla péndula en la cinta patria, estaba ahí escondida,… cubriéndole el pechito tembloroso.

De Alfonso Cuesta y Cuesta

miércoles, 27 de noviembre de 2024

Pan del día



Versión inicial

Verso 1
Viene bajando el obrero
sus pasos ya son de muerto
su familia ya lo espera
con los pesos para la cena.

Verso 2
Viene bajando la brisa
acaricia sus manos francas
las luces blancas reflejan
la seriedad de su rostro.

Coro
La calle vacía acoge
su cuerpo mudo
la lluvia negra
se lleva todo
(lo limpia todo).

Verso 4
Tierno reflejo en su ojos
su labios partidos rezan
esperando el milagro en vida
que complete el pan del día.

Verso 5
Dulces brazos que reciben
su cuerpo marchito riegan
con lágrimas de tierna vida
a quien sus manos persinan.

Coro
Donde hay que luchar
por quién trabajar
nunca faltará
el pan y calor del hogar
(el pan y el amor de verdad)

Versión final

Verso 1
Viene bajando el obrero
sus pasos ya son de muerto
y su familia lo espera
con los pesos para la cena.

Verso 2
Viene bajando la brisa
acaricia sus manos francas
las luces blancas reflejan
la seriedad de su rostro.

Coro
La calle vacía acoge
su cuerpo mudo
la lluvia negra
se lleva todo.

Verso 3
Con paso parsimonioso
viene arrastrando cadenas
de jornadas infernales
disfrazadas de sirenas.

Verso 4
No importa su cruel destino
ni su salud, ni su suerte
trabaja para los ricos
hasta olfatear a la muerte.

Coro
La calle vacía acoge
su cuerpo mudo
la lluvia negra
se lleva todo.

Verso 5
Tierno reflejo en su ojos
su labios partidos rezan
esperando aquel milagro
que complete el pan del día.

Verso 6
Dulces brazos que reciben
su cuerpo marchito riegan
con lágrimas de la vida
a quien sus manos persinan.

Coro
Donde hay que luchar
por quién trabajar
nunca faltará
el pan y calor del hogar
(el pan y amor de verdad).

  




Dedicado a mi padre
2015.


Las enawas


Verso 1
Ay en la villita de mi amor
se me perdió un corazón
ay eso me pasa solo a mí
ay por andar de picaflor.

Verso 2
Ay mi vidita dices que sí
ay cariñito dices que no
ay decídete de una vez
o con la Rosa me voy yo.

Verso 3
Vamos vidita vamos de aquí
a compartir nuestro gran amor
que si tu me quieres solo a mí
ay yo te quiero con más razón
(ay yo te entrego mi corazón).

Verso 4
Ay esos ojitos bandidos
q se me quieren esconder
tras las enaguas de su mamá
quién sabe donde se dejan ver.

Verso 5
Ay mi vidita dices que sí
yo te entrego mi corazón.
ay cariñito dices que no
el alma se me parte en dos.
  




Armado con varios versos sueltos
2017.